lunes, 17 de agosto de 2015

Un arte que sana: los mandalas


Un mandala es mucho más que un dibujo. En ellos, se contiene el cosmos, un espacio sagrado que invita a la reflexión y la introspección. La viveza de sus formas y colores es una invitación que nos cautiva y nos arrastra a una esencia mucho más profunda que el simple placer estético.

Carl Gustav Jung, por ejemplo, estudió su simbolismo para explicarnos no solo sus místicas y antiquísimas raíces, sino también, la aplicabilidad más cotidiana que de ellos podemos obtener, tanto en el ámbito clínico como en el emocional.

La conexión con uno mismo a través de los mandalas

Mandala es una palabra que procede del sánscrito y que significa círculo. Ahora bien, si nos remontamos a sus orígenes te sorprenderá saber que estos cosmogramas hunden sus esencias en la tradición asirio-babilónica, y que su simbolismo, representa la evolución y la involución en su retorno al centro del propio universo.

En ellos, se permite concentrar a su vez a nuestra psiquis para entrar en contacto con la totalidad de este complejo mundo del que formamos parte. De hecho, el propio Carl Gustav Jung nos sugería un interesante ejercicio con los mandalas que te invitamos a probar:

Elige un mandala que te atraiga, que te cause cierto interés inexplicable por su belleza o su complejidad.
Obsérvalo durante unos minutos e intenta captar sus formas en tu mente.
Ahora, sin mirar el dibujo, visualízalo en tu mente permitiéndote unos instantes de relajación. Sumérgete en cada uno de sus círculos, en sus movimientos lentos pero perfectos, donde no hay esquinas y todo fluye.
Según el célebre psiquiatra suizo, el hecho de que nos concentremos en figuras circulares invita ya a una unión hacia nuestra parte espiritual. Establece una conexión muy íntima con nuestro ser para permitirnos conocernos mejor, y “despegarnos” por un momento, del mundo material.


Fuente: Un arte que sana: mandalas

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